Antonio Ricaurte y Rigueiros: A doscientos años de su muerte: comulgamos con la hostia santa de su recuerdo

Mario Lamo Jiménez

La historia de Colombia es una historia paradójica, en vez de ser la historia de la memoria, es la historia del olvido. Olvidadas están las masacres cometidas por los conquistadores que llegaron a arrasar campos y almas con espadas y cruces; olvidados están cinco siglos de genocidio cometidos por las oligarquías criollas para mantener su poder y sus privilegios de clase, y olvidados están nuestros héroes, cuya sangre se regó por obtener una independencia de España, que doscientos años más tarde más que independencia parece colonialismo bautizado con otro nombre.
  
Devolverle la memoria a un pueblo no es nada fácil, especialmente cuando sus gobernantes luchan diariamente a través de los medios masivos de distracción para que la gente no se recuerde ni de lo que pasó la semana pasada, y mucho menos de lo que pasó hace doscientos años. Y este año se cumplen 200 años de la muerte de José Antonio Ricaurte y Rigueiros. La sola mención de su nombre dejará fríos a la mayoría de los colombianos, quienes seguramente sabrán muy bien quién es Michael Jackson o el Pato Donald, pero se alzarán de hombros ante la mención de dicho nombre. Y no los culpo por ello. Las oligarquías no quieren que se sepa de los héroes que murieron peleando por una causa: la libertad del pueblo colombiano. Hoy, 200 años más tarde Colombia sufre de amnesia y es esclava de un nuevo amo extranjero.

Hace más de 200 años que Antonio Nariño tuvo la osadía de traducir del francés un documento verdaderamente subversivo, se llamaba "Los Derechos del Hombre". Para los españoles de aquella época, nosotros ni éramos hombres ni teníamos derechos. La Corona de inmediato puso preso a Nariño por subversivo y su vida estaba en juego. Sólo una persona, de todos los abogados de la época, se atrevió a defenderlo a sabiendas de que con ello estaba firmando su propia sentencia de muerte: su cuñado y co-conspirador en las tertulias libertarias que tenían lugar a avanzadas horas de la noche en la Santafé de aquella época: el abogado José Antonio Ricaurte y Rigueiros, tío del héroe de San Mateo, Antonio Ricaurte.

De origen cantábrico, los Ricaurte habían derramado mucha sangre y entregado muchas vidas en la lucha de los españoles contra los invasores romanos. Casi dos mil años antes ya se habían inventado la guerra de guerrillas para pelear contra las legiones romanas y habían preferido la muerte al dominio de un invasor extranjero. Su tradición de lucha se trasladó a América, donde innumerables Ricaurtes ofrendaron su vida luchando por su nueva patria y en contra de las injusticias cometidas a diario por la Corona española. Y habría de ser un historiador y novelista, Enrique Santos Molano, quien con su obra "Las memorias fantásticas" una biografía novelada de Nariño, resucitara a este héroe olvidado de la patria. En sus dos primeros tomos, de los 7 de que constará la serie, el lector se puede enterar con más detalle de quién era José Antonio Ricaurte y Rigueiros.
Abogado del Colegio San Bartolomé, había empezado a estudiar para ser sacerdote, como era tradición en su familia, ya que contaba con ocho tíos sacerdotes, para finalmente decidirse por la carrera del derecho. Ocupó prominentes cargos y acumuló cuantiosos bienes de fortuna. En su casa de "El Chicó" (lo que hoy lleva el desafortunado nombre de "Museo Mercedes Sierra de Pérez") se reunían los conspiradores de la época que apoyarían el Movimiento Comunero y compartirían las ideas libertarias de aquel entonces, venidas ya fueran de Francia en su lucha contra la monarquía o de los Estados Unidos en su batallar contra el colonialismo inglés.

José Antonio Ricaurte y Rigueiros era un hombre que lo tenía todo en esta vida: riqueza, posición social, inteligencia,  una familia amorosa y un círculo admirable de intelectuales que lo rodeaba; pero fuera de eso tenía lo más valioso que puede tener cualquier ser humano: Desprecio por la injusticia y valor para luchar por sus ideales. Como perfectamente lo narra Santos Molano en su obra, las condiciones de oprobio constante a las que estaba sometido el pueblo neogranadino y los vientos revolucionarios que soplaban por el mundo, serían los elementos precisos que habrían de fermentar la chicha libertaria.

Y a diferencia de la Colombia de hoy, muchos de los intelectuales y personas  adineradas de aquella época no eran simples lacayos de una corona corrupta y explotadora, sino verdaderos luchadores por la libertad de su pueblo. Es así que a raíz del traicionado Movimiento Comunero se empiezan a gestar la ideología y el movimiento que habrían de confrontar el dominio español en sus colonias americanas. Parte importante de dicho movimiento fueron Antonio Nariño, y su abogado, José Antonio Ricaurte y Rigueiros, que al ser aquél encarcelado, de inmediato asumió su defensa. Y la asumió como Dios manda, enjuiciando a los "jueces" que pretendían  silenciar para siempre a Nariño y con él a la causa independentista, y la asumió  a grado tal que la defensa que hizo de Nariño fue declarada por los realistas como más "subversiva" que la traducción misma de "Los Derechos del Hombre".

Dice acerca de dicha defensa su biógrafo y descendiente, el Dr. Lorenzo Marroquín Ricaurte en su obra "Precursores: Nariño y los Ricaurte" (Bogotá, 1913):

"La defensa, firmada en primer término por el doctor Ricaurte, es una pieza jurídica, única en su género por lo avanzado de sus ideas, la audacia del pensamiento, la nobleza de la causa, la firmeza del razonamiento y la nitidez y brillo del estilo. Es uno de esos documentos que abren una nueva era, y sobre los cuales descansa, como piedra fundamental, la libertad y la independencia del Nuevo Mundo". Y añade el mismo autor:
"La Audiencia –dice el Consejo de Indias- en agosto de 1798 remitió testimonio de la citada DEFENSA, e informó las razones que tuvo para su procedimiento, pues se reconocería que en aquélla  se hallaban execrables errores, impías opiniones, perversas máximas, sistemas inicuos, atroces injurias a los delatores y testigos, y más reprensibles desacatos, a aquellos Ministros, cuya doctrina de semejante escrito, es AUN MÁS PERJUDICIAL QUE EL DEL PAPEL DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE".
Es así que la real audiencia manda a quemar "por mano del verdugo en la plaza mayor de Santafé, no sólo el original sino todas sus copias". (Lorenzo Marroquín, obra citada).
Nariño y Ricaurte son condenados por el rey a la misma pena: prisión perpetua y confiscación de sus bienes. Ningún abogado tiene el valor de defender ahora al nuevo acusado, y José Antonio Ricaurte y Rigueiros es juzgado y sentenciado  por defender a Nariño sin saber jamás de qué se le acusaba y sin darle la oportunidad de defenderse. Es conducido al Fuerte Pastelillo en Cartagena, "primer lugar de reclusión y torturas, tanto para el Dr. José Antonio Ricaurte, de septiembre de 1795 a julio del 98, como para Nariño en los 3 últimos meses de 1795, de paso para Cuba y Cadiz ". (Citado en la obra "Don Antonio Nariño y su defensor José A. Ricaurte Rigueiros" de Julio Barón Ortega, 1977.)
Después de innumerables vejaciones, enfermedades, torturas y traslados de mazmorra en mazmorra, José Antonio Ricaurte y Rigueiros fallece el 9 de mayo de 1804 a la edad de 56 años.
Quien recorra las calles bogotanas no encontrará ni una placa, ni una estatua, ni un museo que lleve su nombre. La historia oficial lo ha relegado al olvido, porque a los genocidas no les interesa recordar a aquellos que lucharon contra otros genocidios. 
No sabemos dónde quedó su cuerpo, pero sí sabemos dónde está su alma: en el pedestal más alto de la dignidad humana, donde el que muere luchando por sus principios, vive para siempre. Nuestros muertos sólo están muertos si los olvidamos. La única muerte verdadera es el olvido, y el recuerdo de la vida heroica de José Antonio Ricaurte y Rigueiros lo mantendrá con vida para siempre en la única placa, en la única estatua y en el único museo en donde vale la pena tenerle un puesto: en nuestros corazones.
Nota: Quien estas palabras escribe honrando a nuestro héroe, lo hace rindiendo honor a su figura histórica, pero también rindiendo honor a un hombre con el que comparte además de sus ideales libertarios su misma sangre: José Antonio Ricaurte y Rigueiros fue mi abuelo, generación cinco, por el lado de mi abuela paterna.